La iniciacion de mi sumisa

La gloriosa jornada del estreno de Cecilia aún despertaba
vivos recuerdos en mi mente.
Al día siguiente sí, se produciría nuestro segundo
encuentro, que sería el primero al que le daría más contenido
de sesión BDSM. Al salir del trabajo la recogí en la parada
del bus, pero esta vez no la llevé a ningún restaurante,
sino derecho a mi casa. Ordené comida por celular. Una
ensalada primavera: arroz, maíz, arbejas, zanahoria
y presas de pollo. Bien liviano para una buena tarde de sexo
y algo más. Mientras íbamos en el auto le fui mencionando
algunas reglas:
– Solo hablarás cuando te autorice y si necesitas hacerlo,
me pedirás permiso primero. Desde hoy, cada vez que estés
conmigo a solas y una vez que se cierre la puerta, dispondrás
exactamente de un minuto para desnudarte completamente.
Solo usarás ropas frente a mí cuando yo te lo permita y
según lo que yo te indique que uses. Me llamarás Amo o Señor
y harás todo lo que te ordene quieras o no, te guste o no,
para tu placer o dolor y en cualquier caso me agradecerás
todo lo que te haga. Entendido?… – Sí, Amo.

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Al llegar a casa y tras cerrarse la puerta, comenzó a quitarse
sus ropas. Le indiqué una silla donde debía dejarlas
prolijamente dobladas. Le dije también que cuando terminara
me esperara arrodillada frente a mi sofá, con las rodillas
abiertas y separadas y ambas manos sobre la nuca. Yo fui
a buscar la orden del almuerzo y volví en pocos minutos.
Cecilia estaba desnuda y en la pose indicada. Dejé la comida
sobre la pequeña mesa junto al sillón y le ordené que
se pusiera de pie para inspeccionarla. La pose era piernas
separadas, torso bien erguido y manos en la nuca con los
brazos bien abiertos. Su cuerpo exponía de inmejorable
manera las generosas formas que había desarrollado.
Le indiqué que mirara hacia abajo mientras la inspeccionaba
y obedeció. Noté que llevaba algo de maquillaje en el
rostro y su vagina lucía un bello púbico muy tupido. La
llevé al baño, le entregué una afeitadora que había
comprado para ella y le presté mi espuma de afeitar.
– Rasura tu vagina y desde hoy mantenla siempre así…
nada de concha peluda conmigo. Luego quítate el maquillaje
y no vuelvas a usar nada de eso sin pedirme permiso. Te dejo
este cepillo de dientes que compré para ti, pero lo usarás
después de comer. Cuando termines estas tareas, recoge
la comida, sírvela en dos platos. Pon el mío en la mesa
y en cuanto a ti, ya sabes dónde debes comer. Date prisa.
Cumplidas sus tareas, sirvió la mesa para mí y puso su
plato en el suelo. Me senté a la mesa, ella se arrodilló.
Esperé a propósito a que lo hiciera, para refrendarle
que no había servido agua.
– Quieres que almuerce a pico seco? – No, Amo… le pido perdón. – Ve al refrigerador y toma una botella de agua mineral sin
gas. Abre el armario, saca dos vasos y trae todo aquí.
Se apresuró a cumplir la orden y volvió con todo lo requerido.
Sin que le dijera nada destapó la botella, me sirvió primero
a mí y quedó expectante.
– Bien, Cecilia… sirve para ti también, ponlo en el suelo
y ya puedes empezar a comer. El almuerzo transcurrió con el debido silencio de su parte
y una vez terminado le dije:
– Ya sabes qué hacer con los platos, vasos y cubiertos…
Luego ve al baño y cepilla tus dientes y después búscame
en la sala de estar.
Levantó todo y sin perder tiempo fue a la cocina a realizar
su tarea, mientras yo aproveché para hacer mi higiene
dental. Luego, en mi dormitorio me despojé de mi ropaje
y desnudo me dirigí a la sala de estar rumbo al sofá, donde
puse en exhibición dos látigos más una fusta que había
comprado el día anterior, más mi cinturón, más una
fina vara de madera y también un collar de perra de color
negro con una chapita con su nombre escrito todo en minúscula,
y entre corchetes, mi nombre en mayúsculas. El collar
tenía una argolla con una cadena muy linda enganchada.
Cuando llegó Cecilia y vio todo eso, acusó la sorpresa
abriendo sus ojos ampliamente. No dejaba de observar aquellos
objetos.

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– Tu mala conducta amerita un castigo. Sabes en qué has
fallado? – No, Amo… -dijo en voz baja y con cabeza gacha- – En el auto te dije claramente que era tu obligación agradecerme
todo lo que te haga, no es así?… – Sí, Amo… – Pues no te escuché darme las gracias por la afeitadora
y el cepillo dental que te regalé, ni por la comida, ni nada…
– Tiene razón, Señor… estoy en falta… – Estos látigos y ese collar también los compré para
ti… – Muchas gracias, Amo. – El collar te lo tendrás que ganar demostrando que eres
digna de usarlo. Los objetos de castigo ya te los ganaste.
Por ser la primera vez, te permitiré que tú misma elijas
con cuál de ellos quieres que te azote.
Prácticamente sin dudar, eligió el cinturón. Pensar
que gasté un buen dinero en dos látigos y dos fustas, para
que finalmente su primera azotaina fuera con el cinturón
que ajusta mis pantalones todos los días.
– Algún motivo en especial para esa elección? – Me recuerda a mi padre… – Él te azotaba con su cinturón? – En pocas ocasiones… cuando me portaba muy mal… – Y… cómo te castigaba él?… – Me bajaba las ropas y me daba con el cinturón… a veces
solo con la mano. – Pero siempre te bajaba las ropas? – Sí, Amo… – Y qué significaba para ti exponer tu cola desnuda ante
tu padre? – Sentía vergüenza… – Y crees que a él le gustaba tenerte desnuda? – Tal vez sí le gustaba… Cuando me bañaba me tocaba toda…
pero solo se animaba a tocarme y nada más. – Bien, Cecilia… Yo me animaré a mucho más que solo tocarte,
pero eso será después. Ahora te daré tu primer castigo.
Ya que no hiciste fiesta para tus quince años, te los voy
a festejar hoy con quince azotes. Quiero que los cuentes
uno por uno, en voz alta… entendido? – Sí, Señor…
Dispuse una silla en medio de la sala y le indiqué que se
parara justo detrás, con un pie al lado de cada pata trasera
de la silla, ambos por fuera. Luego la hice flexionar, apoyando
su abdomen sobre el respaldo de la silla y los codos sobre
el asiento. Su culo quedaba bien parado, como apuntando
hacia arriba, completamente ofrecido para lo que se venía.
No podía arriesgarme a dejarle marcas en ninguna parte
del cuerpo donde fueran visibles en su vida cotidiana,
de modo que sus preciosas nalgas serían las receptoras
de todas las descargas de mi cinturón. El solo verla así
me excitaba a tal punto que mi pene ya comenzaba a erguirse
como diciendo, “me desperté y tengo hambre”… Tomé
el cinto y doblándolo al medio lo agité al aire una par
de veces. Lista, esclava?… – Sí, Amo…
Dicho esto medí mi fuerza para que no fuera ni muy suave,
ni tan fuerte como para lastimarla y le descargué un primer
azote que le cruzó ambas nalgas. El Chas! resonó en la
sala. Cecilia cerró sus ojos, acuso el impacto, pero supo
ahogar su grito y en su lugar contó de viva voz…
– Uno…
Hice una pausa, pero luego decidí darle unos cuantos azotes
sin pausas, manteniendo un ritmo…
– Dos!… Tres!… FFFFF… cuatro!… FF ay!… cinco!…
Ay, ay!.. seis!…
Continué con la seguidilla y después del séptimo, se
le doblaron las piernas como queriendo dejarse caer. Rápidamente
le metí mano en la entre pierna y la levanté. Pude sentir
que su vagina estaba húmeda. Le ordené que se mantuviera
firme. No podía abandonar esa posición. Continué castigándola
y las lágrimas empezaron a surcar sus ojos, mientras sus
carnosas nalgas se enrojecían y yo acariciaba mi pene,
como pidiéndole paciencia… ya llegaría su turno.
Tras el décimo cuarto azote hice una pausa. Cecilia los
había contado todos entre quejidos y lágrimas. Yo levanté
mi mano un poco más que en los anteriores y con firmeza le
infringí el último suplicio.
– Ay!… quince… gracias, Amo, por el castigo, que es
menos de lo que merecía…

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Dicho esto apoyó su cabeza sobre el asiento de la silla
y lloriqueó un poco. Sin perder tiempo, arrimé otra silla
y la puse justo en frente a la de ella, asiento contra asiento.
Me senté en ella y acercando mi pene a su rostro, la tomé
por su cabello para dirigir su atención hacia mi excitado
miembro. Al verlo, solo abrió su boca y lo recibió en ella
sabiendo lo que tenía que hacer. Aún sollozaba al tiempo
que me proporcionaba una colosal mamada, que dada la excitación
que yo tenía, solo duró un par de minutos antes de llenarle
la boca con mi leche caliente. Le dije que me la mostrara
antes de tragarla y abriendo su boca, cumplió mi orden.
Cómo me fascinaba el espectáculo de su delicada boca
llena de mi esperma caliente, saboreándolo, manteniéndolo
ahí hasta que le ordené tragarlo. Entonces cerró su
boca y pude ver el abultamiento que bajaba por su cuello,
al tragar todo el semen que le había descargado.
Luego le dije que se parara frente a mí y lentamente se fue
incorporando. Intentó acariciar su cola, pero se lo impedí
deteniéndola con mis manos. Le prohibí que se tocara
o acariciara. Le expliqué que el dolor, tanto como el placer,
era para sentirlo y asimilarlo. Tomé sus muñecas y las
guié a rodear mi cuello, mientras yo la abrazaba por su
cintura. Apoyó su cabeza en mi hombro y lloriqueó durante
algunos minutos más, hasta que se calmó y volvió a agradecerme.

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Después la llevé al baño y le froté un poco de alcohol
en gel para su desinfección. Esto le provocó bastante
ardor. Luego le apliqué una crema que suavizó su piel,
la humectó, refrescó y la ayudó a calmarse. El resto
de la tarde lo pasamos en el dormitorio, teniendo abundante
sexo, rico en intensidad y placer. Cecilia se entregaba
cada vez más y comenzaba a transformarse en una mujer capaz
de vivir una notable plenitud sexual y sobre todo, me brindaba
una maravillosa actitud de sumisión que sublimaba su
entrega a mí. También disfrutamos de los momentos de
descanso, en los que aproveché para entregarle su nuevo
diario y le di un rato para que empezara a escribir sus primeras
experiencias conmigo. En ese tiempo me dediqué a algunos
quehaceres míos que tenía pendientes.
También le dije que quería anotarla en un club deportivo
para que hiciera determinadas actividades físicas y
otras disciplinas que servirían a su aprendizaje. El
club sería elegido por mí, ya que tenía un amigo que era
dirigente en uno muy adecuado para ella. De modo que mi plan
de educación de mi esclava comenzaba a tomar forma.
Cuando me disponía a llevarla de regreso, le entregué
un cd que había preparado para ella el día anterior y le
di instrucciones de escucharlo en la cama, antes de dormirse
y con auriculares. Debía hacerlo todas las noches y tenía
masturbarse pensando en mí mientras lo hacía. Lo que
ella no sabía era que yo le había mezclado mensajes subliminales
a todas las canciones. Es sencillo hacerlos, si se cuenta
con un buen programa de edición de audio. Los mensajes
subliminales eran del estilo de: “Adoro el sexo con mi
dueño, mi felicidad es ser esclava sexual de mi profe,
hago lo que sea por mi amo sexual, etc”. No es que sean infalibles,
ni mágicos. Pero en una persona que ya de por sí desea estas
cosas, los mensajes refuerzan las ideas en gran manera.
Luego la llevé al auto y partimos.

Autor : Erosgamos82

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